jueves, 2 de diciembre de 2010

Sesenta años de vida y tan solo catorce minutos tuvieron que pasar para escribir esto (primera parte)

Inteligencia…mi vida ha estado rodeada de personas inteligentes, seres de los cuales he aprendido mucho y nada. Mientras termino la carrera en la que todos estamos destinados a perder, ¡oh inteligencia!, ¿de que me sirves ahora?

Al parecer ha llegado el momento de recordar mi paso por esta vida…

Basta con quedarme en silencio para encontrar al niño que fui, aquella tarde calurosa de abril hace sesenta años, ¿Qué es el tiempo? Y los minutos que pasan ¿a dónde van? Eran mis primeros días de escuela, una alegría sin límites me llenaba. Vuelvo a ver a mis pequeños amigos, es decir, a mis grandes amigos, porque es así como todavía los veo hoy. Me veo a mi mismo con aquella alegría tan nueva y parecida al calor del pan recién salido del horno, desde la salida del sol hasta la caída de la tarde, promesas furiosas y esperanzas colmadas.

Aquella calurosa tarde de verano, el profesor nos dio una clase al aire libre, y subimos de cuatro en cuatro por aquella calle empinada que conducía hacia los jardines del cementerio, al pie del acantilado; allí, todos sentados en circulo sobre el césped de la pequeña pradera sumida en sombras, escuchando nuestra lección en silencio. ¿Dónde están los minutos que pasan? ¿Por qué no tuve la eternidad suficiente para oír aquella lección? Seguramente era demasiado pequeño para entenderlo, pero el sonido de su voz no ha cesado de sonar en mis oídos desde entonces. Según parece, para que dicha lección llegue a su fin es necesario que yo muera. Yo tenía seis años aquel entonces.

Recuerdo a nuestro profesor citando a Aimé Michel:

“El niño es un sonámbulo, solo descubre lo maravilloso del sueño en que vive cuando despierta”, cuando todo lo que queda de él se reduce a un espejismo que se aleja, luego no le queda ya lo suficiente para apurar un recuerdo cada vez mas vago y desgarrador a medida que se transforma en ausencia.

Él siempre quiso que disfrutáramos nuestra infancia, quien sabe tal vez él nunca disfrutó la suya, tal vez quiso vivir el sueño de ser nuevamente niño a través de nosotros; o tal vez era como mi padre, quien decía que su sueño iba a ser eterno porque continuaba conmigo, y que el mío habría de continuar con mis hijos… Que hombre sabio era mi padre.

Viví una linda infancia, pero tal vez me despegué de ella muy pronto, mi abuelo solía decirme “Todos nos caemos de nuestra infancia pero tú te rompiste al caer”. Ahora la añoro y quisiera no haberme desprendido tan rápidamente de ella. Es la época que mas me conmueve, ¿será porque nunca me cansó escuchar el eco despierto en mí?

Apenas han pasado dos minutos escribiendo esto y siento haber atravesado con los ojos abiertos todo ese territorio perdido de los años de mi infancia.

Continúa… (Clic para leer la segunda parte)

El presente cuento fue escrito y editado a tres manos por José Alfredo Fuentes, Luis Enrique Ramos y Alexis Argüello Sandoval; cada una de las tres partes que componen al cuento ha sido publicada en el blog de su correspondiente autor. Para leer la primera parte solo necesita presionar aquí, para leer la segunda parte aquí, y para leer la tercera parte aquí.

1 comentario:

Ana Rosa López de Cárdenas dijo...

Interesante trío, buena idea.
Aquí puedes leer mis descalabros:
http://mivozmipalabra.blogspot.com/
http://laletralate.blogspot.com/
Saludos,
Ana Rosa