martes, 16 de julio de 2013

Cerbero

Antiguamente existía una ciudad que solía sufrir asaltos de Bandidos, por suerte, contaba con un guardia formidable que amaba su ciudad natal.
Con dos feroces perros de caza a su lado, el guardia protegía las puertas de la ciudad, repeliendo a los posibles asaltantes. El trió llego a ser famoso por su ferocidad en combate.
Gracias a sus éxitos, le ofrecieron puestos de mayor prestigio, pero el guardia siempre los rechazaba. Nada le proporcionaba más orgullo ni felicidad que proteger su ciudad, pero no sospecha que su felicidad no duraría mucho…

El lugar sufrió una terrible enfermedad que se propago rápidamente y resulto mortal para todos los infectados. La gente, asustada, huía en masa y a medida que la ciudad se vaciaba iba perdiendo su vitalidad.
El guardia no soportaba ver marchitarse el lugar que amaba, había dedicado su vida a proteger la ciudad y ahora tenía que quedarse sin motivos para vivir. Consideraba cobardes a quienes intentaban marcharse. Con el tiempo, empezó a sentir resentimiento hacia ellos.
No podía permitir que se fuesen, al final y al cabo, sería absurdo proteger una ciudad desierta. 

Por increíble que pudiera parecer, se volvió contra sus conciudadanos, usando el miedo y la fuerza bruta para asegurarse de que no abandonaran la ciudad.
Aunque la enfermedad seguía propagándose, el guardia no dejó de actuar así, estaba perdido en las profundidades de la locura.
Una tarde, los bandidos iniciaron un asalto a la ciudad, el guardia estaba preparado para recibirlos, su cara se retorció en un profundo éxtasis, solo en momentos así se sentía realmente vivo…

Cuando los bandidos intentaron huir, el guardia fue atravesado por una lanza desde una posición donde no podía haber ningún bandido…
Desde la retaguardia, desde la ciudad cuya protección había dedicado su vida…
Los habitantes de esta ciudad habían decidido rebelarse contra la tiranía del guardia y atacarlo por la espalda. Mientras el guardia yacía en el suelo y su conciencia se desvanecía, una extraña luz brilló ante sus ojos.


Un cáliz flotaba ante él, bañado con un frio destello blanco, “Dedícame una ofrenda, lo que te sea más preciado y te concederé tu deseo…”
Hipnotizado pro las palabras del cáliz, el guardia ordenó a sus perros que matasen a toda la ciudad, amigos y enemigos por igual. Se volvió contra las personas a las que había protegido toda su vida, ahora eran su ofrenda.

El resultado fue un gigantesco montículo de cadáveres, junto a él, el guardia lloraba. Resonaron los aullidos de un perro enloquecido y la zona fue envuelta por un brillo oscuro.
De los estanques de sangre acumulada surgió un monstruo, un monstruo que desafiaba toda descripción…

Cuenta la leyenda que la ciudad aún existe en algún lugar del mundo, con un aspecto inalterado por los años, el mismo que tenía en los días de gloria del guardia.
Dicen que aún sigue allí, montando guardia ante sus puertas, puede que te deje entrar, pero seguro que no te dejara salir…


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